Crónicas Barcianas

Episodio V

Por: Rey Bar–Burí

Calabaza calabaza...


Extraño fenómeno el que experimenté hace poco. Todavía lo recuerdo como si lo estuviese viviendo. Conforme la noche se hacía más burbujeante, la sequedad tornaba mi garganta más y más filuda. En mi vaso, hasta hacía poco refrescantemente espumoso, ya no quedaba ni la huella del residuo de una microgota. Y justo cuando mi angustia alcanzaba su punto más trágico, de pronto S. convertido en una asquerosa cucaracha gigante se paró bajo el marco de la puerta dispuesto a enfrentarse a metros y metros de telas de araña que invadían el lubar. Un Drácula (irónicamente) anémico salió en el acto de la parte más oscura. Mostrando los colmillos se dirigió desafiantemente a su encuentro. La sed resquebrajaba mi paladar mortalmente. Pero mi pesadilla kafkiana recién estaba empezando. De la barra de mi bienamado “segundo hobar” saltó un Frankenstein petiso al que fácilmente solo la cabeza de Herman Munster hubiese superado por un par de centímetros (por lo menos). Las cuerdas disonantes de unos violines sepulcrales marcaban el climax de esa indeseable noche. No soporté más, y con un grito intenté poner fin a mi agonía. “¡Luchopp… un chopp…!!!”, vociferé en esa maldita noche en la que todos los monstruos, superhéroes y demás alienados de Lima parecían haberse reunido en el lubar para los previos de rigor. Halloween. ¡Maldición…!. En la noche de las brujas, las burbujas de mi vaso chelero habían perdido la brújula. “¡Ya pues Luchopp… apúrate… hace veinte horas que te pedí mi trago y por estarte haciendo el payaso como enano de Blanca Nieves hasta ahora no me traes nada… y cambia esa porquería de música… o quieres que llame a APDAYC y se aMasséne tu negocio?!!”. “Esta bien”, pareció decir sin hablar Luchopp cuando sacó el disco con los tortuosos violines mientras se dirigía nuevamente detrás de la barra para, solapamente, encaramarse en su tabladillo “secreto” y lucir de golpe como un Frankenstein a la altura. “Franco que yo juraba que Luchopp se había disfrazado de Teletubbie… ni se me pasó por la cabeza que estaba de enano de Blanca Nieves, ah”, señaló ingenuamente, para variar, S. mientras depositaba su caparazón de esponja con todo él incoprporado en dos sillas que penosamente juntó para poder sentarse. “Ya. Sí, S. Está clarísimo que tú te disfrazaste de cucaracha”, tuve que decirle ante su pose de mírame-dime-qué soy. “Dicen que en caso de una guerra nuclear las cucarachas son las únicas que quedarían en el mundo”, agregó orgulloso S. para justificar su disfraz. “Debe ser… por algo es el único disfraz que quedaba… y no te quedaba otra que alquilarlo”, dijo el muy rata de F., aplastando en prima nomás las expectativas de S. Corrección: en caso de una guerra nuclear las cucarachas y las ratas son las únicas que quedarían. “¡Luchopp… qué pasa con mi chopp?!!”, grité sin muchas ganas convencido de que el Frankenstein degradado a minúsculo franelero de Blanca Nieves se estaba tomando no solo la revancha, sino también mi trago. “¡A mí me traes una sangría…!”, pidió F. a toda voz mientras se agarraba “sin querer” sus colmillos de plástico y de reojo hacía un chequeo general para confirmar que cada uno de los clientes habían oído su ocurrencia. “¿Y tú.. de qué te has disfrazado?”, me preguntó intrigado S. “¿No te das cuenta? Si está clarísimo: de preso pues…”, dijo F. haciéndose  el gracioso mientras señalaba el polo a rayas que yo, enemigo del huachafo ritual de disfrazarse cada 31 de octubre, me había puesto por pura casualidad. “No. De congresista”, corregí secamente la broma de F. quien se quedó mudo ante mi salida. ¿El hecho de que su papá ostentara el cargo de Padre de la patria tendría que ver en el asunto? Hum…. de repente. En eso, cuando Luchopp mandó por fin a nuestra mesa a su ayudante con nuestros pedidos se nos apareció Q. cogiendo de la cintura a una rubia, en el peor de los casos, preciosísima.”¡Broders… les presento a T.”, nos dijo nuestro originalísimo filibustero amigo sacándose el parche del ojo y apretando aún más contra sí el cuerpo de “El Cuerpo”. “¡Salgo en TV…!”, dijo ella en el acto. “¡No me digas… así que  trabajas en la pantalla chica…!!”, dijo exageradamente sobón S. intentando interesar a la rubia. “No. En TV”, “corrigió” al instante la susodicha, corroborando así en mi fuero interno que la Teoría massmediática de la caja boba por fin se acercaba a la históricamente pospuesta demostración de su hipótesis. “¡Hola… tú sales en Esto es Combate, no?!!”, dijo Luchopp quien recontra mosca se acercó ni bien llegó la rubia, importándole un comino volver a hacer roche como Pitufo Chato. Luego de tomarse con ella la foto para tirar pana en el feis, el oportunista barman preguntó a los recién llegados que iban a tomar. “Ya pues Luchopp… esa pregunta… como siempre, un cuba libre… y con importado”, respondió Q. “¿Y usted señorita?”, inquirió Luchopp en su tono cuasi libidinoso versión número 472. “Un chicano… también con importado”, dijo la rubia provocando la vergüenza ajena en más de medio bar. “¿Mejor porque no te pides una sangría como yo?”, le sugirió F. tratando de ayudar a la “modelo”. “¡Estás loco… yo soy vegetariana!”, dijo la rubia. “Este… ¿Y de qué te has disfrazado? La verdad que no doy”, cambio compasivo el tema el buen S. mientras intentaba descifrar el disfraz de encendido tono naranja de la rubia. “Cómo… si está clarísimo”, dije sin poder resistir más intervenir. “Ella es una calabaza”, dije secando mi chopp y dando por terminada mi noche de Ajjlloween. Calabaza calabaza…