El CCV en su vida

Mabela Martínez: Sonidos de su Mundo

La conocida conductora de Sonidos del Mundo pone play al soundtrack de sus recuerdos ¿Escuchan? Empiezan a oírse los sonidos memorables en su vida. Los sonidos de su mundo.


En ocasiones, las frases populares quedan incompletas. En el caso de Mabela Martínez y el club, para ser precisos habría que decir más bien que “vino al mundo con un pan y un carné bajo el brazo”. Y para nada se estaría exagerando. “Soy socia de Villa desde que nací. Mi padre, José Martínez Garay, fue el socio número 237”, cuenta con orgullosa honestidad Mabela, quien hoy con algunos dígitos más, muy bien llevados, por cierto, es la socia número 5347. Pero su relación con “Villa”, como cariñosamente llama a su club, va más allá de fríos números. Una profunda conexión afectiva salta al oído, perdón, a la vista. “Toda mi familia es socia, desde mis hermanos y hermanas hasta mi esposo que se ha vuelto adicto al golf hace relativamente poco tiempo”.
Roto el hielo, el ambiente va devorando al silencio. Sonidos recónditos brotan de la memoria. Se apoderan de las paredes, como hace un proyector de cine con su blanca pantalla. “Tengo muchos recuerdos de Villa y las aventuras que nos permitíamos de acuerdo a su geografía. Desde pescar sapos, peces y renacuajos en las acequias de la cancha de golf, hasta las travesuras de entrar a la cocina del restaurante y picarle a escondidas un tomate o una fresa al plato servido de Goñi, nuestro mozo favorito”. Croc crocplac plac plac… “pescar” sapos, “picar” tomates… ¡Felizmente para Goñi que no fue al revés! Y (felizmente también para él que) el tiempo fue transcurriendo. “Ya a los 14 nos interesaban otras cosas como andar en collera con los Succar, las Jacobs, las Elejalde, Yoli García Pérsico y Alonso Chávez Molina (entre tantos otros amigos) y comer los cebiches del Charro en la playa o esperar a que caiga la noche y aguardar que todos se vayan para adueñarnos del club”. Así pasaba los días entonces Mabela. Pese a ello, deduzco por su posterior confesión, su horario nocturno como ”dueña del club” le dejó siempre tiempo para el deporte. “Los deportes me interesaron toda la vida. El tenis primero, luego el frontón, y el squash para terminar de malograr el estilo del primero…”. Mas fue la natación el deporte que emocionó su pecho, la hizo sentir libre como mariposa, y jamás le dio la espalda. “Soy nadadora competitiva pero lo hago fuera del club, pertenezco al equipo de Aqualab y cuando salimos a campeonatos internacionales somos Perú Master. La piscina temperada de Villa es una de las más lindas y limpias que tiene el Perú. Un tanto caliente para mi estilo de entrenamiento, pero un lujo y una razón para visitar el club, seguido de una buena sauna y masaje”. Y al tratar de explicarme(se) por qué continúa unida al club, los sincopados sonidos de “Villa” fluyen en cada una de las imágenes que salen de su boca. “A ver… Villa es siempre el club grande, limpio, ordenado, con todos los deportes y comodidades, cerca de Lima y con el inmenso mar… Villa es parte de nuestra infancia… y es una forma de transmitirle un estilo sano de vida a nuestros hijos”. Suele ocurrir que los disonantes sonidos de la infancia se acompasan al entrar en contacto con la vibración de los recuerdos. Suele ocurrir. “Villa” ha cambiado pero es la misma. O es la misma pero ha cambiado. Es lo mismo. “El hecho de contar con una Sede de invierno y una de verano ha ayudado a mantener a la familia interesada. Mientras más opciones para tener unida a la familia, mejor para nosotros como padres y como pareja. Creo que hoy el que más goza del club es mi esposo Kike, quien al haber encontrado esta nueva religión, el golf, ha logrado sobresalir en una disciplina muy dura pero también muy gratificante”.


Altísimas armonías de aves. Escalas en cada rincón del club. Tardes en clave de sol. Noches en compás de espera. “Villa” marcando el ritmo de una vida. “Villa es muchas etapas de mi vida. Mi infancia con los dedos arrugados como pasas por las horas que pasaba en la piscina, cuando había trampolín y me parecía un abismo de terror y una caída libre de paracaídas. El toldo de los amigos de mis padres y sus piqueos. Ver a mi tío Alfredo Woodman jugando un deporte rarísimo, paletas, toda una novedad. Los revolcones en el mar y las espumas amarillas que soltaban las olas cuando había braveza. Las nieblas de verano que tomaban por sorpresa el litoral por las mañana pero que se desaparecían a mediodía. En la adolescencia, el bus del Club que nos traía temprano, la hazaña de ir detrás de las olas con los Succar cuando el mar estaba chico, ver correr olones a pecho a Jorge Eulert, las caminatas hasta La Chira recogiendo muy muy fresco para hacer chicharrón, y muchas otras cosas que siempre recordaré”. Así dejo a esta “periodista musical, productora y conductora de Sonidos del Mundo en radio y T.V. desde hace 18 y 15 años, respectivamente”, a quien le “encanta realizar conciertos y eventos musicales y tener al público en vivo para aplaudir a los artistas nacionales e internacionales”. Clap clap clap. Porque ese tambien es su mundo. Y esos, también sus sonidos.