Crónicas Barcianas

Episodio 1

La sed mueve montañas

Por: Rey Bar–Burí

“No la pienses tanto”, exclamé mientras constataba por enésima vez que el lugar estaba repleto de botellitas transparentes. “Botellitas transparentes por aquí… botellitas transparentes por allá…”, agregué fastidiado. “¡Huy… estamos perdidos… somos invadidos por legiones de Transpar Entes…”, gritó F. adoptando esa truculenta entonación del (ba)bozziano talk show. A su costado, Q. se preparaba a pedir una dosis más de su trago utópico. Un “¡Luchopp… otro cuba libre…!”, vociferó. Clink… salud… clink… Rostros sonrientes… abrazos… juerga… Todos lucen contentos en este pub-bar-chupódromo-o-como-quieran-llamarlo. Pero yo sí soy completamente feliz… mirando la sobrenatural minifalda que acaba de llegar. Juro que podría contemplarla toda la madrugada, si no fuera por la presencia de su acompañante al que me parece haber visto en cualquiera de los “Terminator”. Chau minifalda… “muslo gusto”. De vuelta a la translúcida realidad.
“Miren cómo se esfuerzan esos patitas porque todos los vean con su botellita transparente en la mano”, dije reiniciando mi trascendente observación. “¿Cuáles… los del fondo… los del medio… o los de la entrada?”, preguntó Q. “Hum… creo que se refiere a esa pareja que baila calata”, alucinó F. Qué importaba. Yo no me refería a ningún grupo en particular. Todos adoptaban ese aire de mírame-soy-lo-máximo cada vez que daban un sorbo ¿Por qué? Eso jamás lo iba a entender. “Si por lo menos tuviese un precio mucho mayor que las demás, comprendería ese afán por hacerse ver-beber”, rimé, y rumié. “¡Exhibicionistas!”, sentencié. “¿Exhibicionistas? ¡Tímidos exhibicionistas!”, corrigió F. mientras se quitaba camisa y bibidí para ir al baño. “Claro… la etiquetita sin escudo… qué bonita… la botellita transparente… diferente al resto…”, mencionó Q. “¡Pero el precio semejante al de la competencia hace que el esfuerzo por presentar un diseño distinto francamente sea por las puras haches…!”, insistí con la autoridad que me otorgaba mi sexta chela de la noche. Nuestras trascendentes reflexiones fueron súbitamente interrumpidas por la llegada de S. a la mesa.
“Vengo de acompañar a una flaca a su casa”, balbuceó feliz-sin-que-nadie-le-preguntara-nada ¿El hecho de que ni una palabra saliera de nuestros labios indicaba que su historia nos interesaba… un pito?!! “¡Cuándo será el día en que yo llegue y les diga: ´Muchachos, me he enamorado!… y ustedes respondan: ´¿Y cómo pasó… cómo es ella´…?!!”, agregó S. “¿Otra vez recitando esos versos que te enyucaron en la combi…?!!”, protestó F. ni bien reinstalado. Pusimos a S. al tanto de nuestras últimas cavilaciones cerveceriles. Y lo que respondió puso en estado de emergencia nuestras críticas. “Y qué… lo importante es que se venda… para eso se hace… ¿O no?”, dijo cortante.
S. tenía razón. Qué importaba su inconsistente publicidad. Qué importaba su inexplicable marketing. El producto se vendía. Y bien. Eso lo estábamos comprobando ahora mismo que éramos testigos de la Transpar Ente invasión, ahora mismo que escuchábamos sus respectivos clink clink, ahora mismo que… un momento ¿Ahora mismo? “¡Eso es…!”, grité emocionado, “… el producto se vende ahora, pero si se considera que es relativamente nuevo y que parece tener mayor aceptación en sectores de gente muy joven, debido quizás a su característico exhibicionismo, ¿Acaso no debe considerarse ello mismo como algo peligroso?”, agregué. “Los chibolos son noveleros”, afirmó Q. “Y la novelería es por definición efímera… fugaz… breve…”, concluyó. “Claro, siempre y cuando la ´novelería´ no sea producida por Televisa”, aclaró F. El amigo S. se limitó a encoger los hombros y a tomar en silencio su tercer agua mineral-santificada con envase diferente; al fin y al cabo, a su gastritis le importaba un bledo que el santo se llamara Luis, Antonio o Mateo.
Miro a mi alrededor una vez más y por el momento nada ha cambiado. Quizás en unos días el panorama no sea transparente sino rojo… o azul… o un sobrio rosa amostazado ¿Total, quiénes somos nosotros para intentar dar lecciones a una de las más grandes empresas del país? Qué pretencioso puede llegar a ser uno cuando toma. “Pretensión o lucidez… he ahí el dilema”, diría el notable Shakespeare (y “Lucinsión o pretendez… he ahí el enema”, preguntaría el genial Chespirito). Aprovecho la pausa para llamar a Luchopp y pedirle otra botella de lo mismo que he estado tomando toda la noche. Cuando me la trae, como siempre es su característico color marrón lo primero que alcanzo a distinguir. No la pienso tanto y lleno mi vaso. Hay que seguir tomando.

Episodio II: Próximo número de zimple (15 de agosto)